necesidades reales de estas comunidades. El autor expresa su inquietud por la asignación de recursos económicos y argumenta
que el Estado no prioriza el sector educativo, especialmente en las zonas rurales.
Además, varios estudios nacionales realizados por Serruto (2022), Cruz (2022), Pari-Bedoya et al. (2022) y Alva
(2021) revelan una notable ausencia de participación estatal efectiva para garantizar el derecho a la educación en ámbitos
rurales. Esta carencia se manifiesta en el limitado conocimiento de la diversidad cultural de estas regiones y de las aspiraciones
educativas de sus habitantes. Como consecuencia, se observa una escasez de políticas educativas diseñadas específicamente
para las realidades rurales, así como una infraestructura educativa precaria con deficiencias en tecnología, recursos educativos
y acceso a internet. Esta situación ha generado una brecha educativa significativa entre las zonas rurales y urbanas, como se
evidenció durante la aplicación de la estrategia "Aprendo en Casa", un aspecto resaltado por Bustamante (2024).
Asimismo, a nivel internacional, la literatura especializada de autores como Torres (2019), Galván (2020), Bonilla y
Muñoz (2022) y Hernández (2021) coincide en señalar la problemática que afrontan las poblaciones rurales para acceder a una
educación de calidad. La falta de conectividad y la ausencia de políticas educativas adaptadas a las particularidades de estas
regiones son factores recurrentes. Destacan, además, el abandono estatal, reflejado en una insuficiente inversión en políticas
públicas educativas acordes con las necesidades socioeconómicas y culturales de las poblaciones rurales.
Por otro lado, el derecho fundamental a la educación está reconocido en diversos instrumentos normativos nacionales
e internacionales, tales como la Constitución Política del Perú, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Pacto
Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la Convención sobre los Derechos del Niño, entre otros. Sin
embargo, la realidad evidencia que el Estado peruano no garantiza plenamente el derecho a una educación de calidad, inclusiva,
gratuita y obligatoria, especialmente en zonas rurales. Informes de la Defensoría del Pueblo y la Contraloría General de la
República demuestran que el acceso a la educación en el Perú se ve limitado por diversos factores. El artículo 13 del Pacto
Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC, 1966) establece que la educación debe ser disponible,
accesible, aceptable y adaptable para todos. No obstante, en muchas regiones del país, estas características no se cumplen en
su totalidad.
La problemática se manifiesta en cuatro dimensiones críticas establecidas por el PIDESC (1966). En términos de
disponibilidad, existe una marcada insuficiencia de instituciones educativas con infraestructura adecuada, programas de
enseñanza pertinentes, equipamiento apropiado y personal docente actualizado. Respecto a la accesibilidad, se evidencian
carencias significativas en instituciones y programas que deberían estar disponibles de manera obligatoria y gratuita. En cuanto
a la aceptabilidad, los aprendizajes no reflejan suficientemente la relevancia, contextualización y diversificación necesarias
según los estándares de calidad educativa. Finalmente, en términos de adaptabilidad, la oferta educativa carece de flexibilidad
para ajustarse a las realidades específicas de los pobladores rurales (Vigo y Nakano, 2007).
La pandemia de COVID-19 exacerbó estas deficiencias estructurales, exponiendo con mayor claridad la brecha digital
y educativa entre zonas urbanas y rurales. La estrategia "Aprendo en Casa", implementada como respuesta a la crisis sanitaria,
demostró las limitaciones del sistema educativo rural, ya que muchos estudiantes no pudieron acceder a la educación virtual
por falta de recursos tecnológicos, conectividad y apoyo adecuado. Esta situación evidenció que las estrategias implementadas
no han sido suficientes para mitigar las inequidades históricas en la relación campo-ciudad reflejadas en el ámbito educacional
(Kalman, 2021). La desigualdad en el acceso a la educación secundaria rural también se refleja en la deficiente administración
de recursos. Ames (2016) señala que el Estado no prioriza adecuadamente la educación en términos presupuestarios, y los
recursos asignados no se distribuyen equitativamente entre zonas urbanas y rurales. Además, la falta de proyectos educativos
que respondan de manera efectiva a las necesidades de las zonas rurales, sumada a la carencia de personal capacitado para
diseñar intervenciones basadas en estudios de campo, agrava esta problemática.
DISCUSIÓN
El Tribunal Constitucional ha señalado la gravedad de esta situación en la Sentencia del EXP. Nº 00853-2015-PA/TC,
donde se identificó que, si bien el MINEDU planteó una política de atención educativa para ámbitos rurales, esta carecía de
disposiciones presupuestarias claras para aspectos fundamentales como la edificación de colegios, mejoras en la infraestructura,
servicios básicos y capacitación docente. Cruz (2022) identifica dos brechas fundamentales que caracterizan esta problemática:
la ausencia de promoción y políticas educativas adecuadas, dotadas de presupuesto para la educación rural, y la escasez de
recursos tecnológicos en las escuelas rurales. Estas carencias generan una desigualdad sistemática en términos de oportunidades
educativas y preparación docente. Gómez-Arteta y Escobar-Mamani (2021) advierten que esta situación no solo compromete
el derecho a la igualdad de oportunidades educativas, sino que también amenaza con transformar la educación en una mercancía
accesible únicamente para quienes cuentan con recursos económicos y tecnológicos.
La falta de coordinación entre los diferentes niveles de gobierno (nacional, regional y local) y la ausencia de un enfoque
integral en la gestión educativa rural han contribuido a perpetuar estas desigualdades. Como señala Lescano (2021), aunque el